Rainer Werner Fassbinder


el genio alemán

En un año con trece lunas (In einem Jahr mit 13 Monden, 1978)

Dirección, Guión, Fotografía (Color, 35 mm, 1.78:1), Montaje y Dirección Artística: Rainer Werner Fassbinder Música: Peer Raben y otros Sonido: Karl Scheydt, Wolfgang Mund Producción: Tango-Film, München / Project Filmproduktion im Filmverlag der Autoren Coste: 700000 marcos Duración del rodaje: 25 días (julio-agosto 1978) Duración: 124 minutos Fecha de estreno: 17-11-1978, en Frankfurt

Intérpretes: Volker Spengler (Erwin/Elvira), Ingrid Caven (Zora la pelirroja), Gottfried John (Anton Saitz), Elisabeth Trissenaar (Irene), Eva Mattes (Marie-Ann), Günther Kauffmann (chofer), Lilo Pempeit (la monja Gudrun), Karl Scheydt (Hacker), Walter Bockmayer, Peter Kollek, Bob Dorsay, Günther Holzapfel, Gerhard Zwerenz...

En un año con trece lunas relata los cinco últimos días de vida del transexual Elvira (en el pasado fue Erwin, estuvo casado y de su matrimonio nació una hija), que por el amor que sentía hacia Anton Saitz (un poderoso especulador inmobiliario que, al igual que procede en su trabajo, solo utilizó ese amor para manipularlo y explotarlo), se hizo operar en Casablanca con el objetivo de convertirse en una mujer. Acompañada siempre por su amiga, la prostituta Zora, su actual soledad la conduce a buscar cariño y comprensión en las personas que le resultan más cercanas, que le cuentan sus historias y que escuchan las de ella, pero son incapaces de ayudarla no porque quieran hacerle daño, sino porque también tienen su propia vida, sus propios problemas, optando finalmente por dejarla abandonada. Tras sufrir una auténtica odisea de frustraciones y desengaños, poner en claro algunos temas pendientes con Anton, e intentar volver infructuosamente con su ex-mujer e hija, pone fin a su vida.

La muerte en extrañas circunstancias de su amante Armin Meier llevó a Fassbinder a realizar la que sería su obra más intimista, más desesperada, más depresiva, más negra, más claustrofóbica. Prácticamente fue una apología del suicidio que escribió, fotografió, montó y escenografió. Según su autor, "se trata de una película que no solo expresa mis sentimientos de pena y dolor ante el suicidio sino que dice mucho más de lo que yo podría contar sobre Armin". Sin embargo, Rainer acabó siendo acusado de utilizar el sufrimiento que le había provocado esa muerte como excusa para rodar esta historia.

El título queda justificado en el prólogo del comienzo: "Cada siete años se produce el Año de la Luna. Durante esos años, las personas cuyas vidas son regidas principalmente por sus sentimientos sufren fuertes depresiones. Si el Año de la Luna resulta ser a la vez un año con trece lunas nuevas, los afectados pueden sufrir grandes catástrofes personales. En el siglo XX, esta peligrosa conjunción se produce en siete ocasiones: 1978 es uno de esos años. Los anteriores fueron 1908, 1929, 1943 y 1957". En palabras de Fassbinder, "En un año con trece lunas describe los encuentros de una persona durante los últimos cinco días de su vida, tratando de descubrir a través de tales encuentros si la decisión de esa persona de no seguir viviendo después del último día, el quinto, debe ser rechazada, siquiera comprendida o incluso aceptada por los demás. La acción transcurre en Frankfurt, una ciudad cuya estructura especial da lugar a biografías como esta, o al menos hace que no parezcan inusuales. Frankfurt no es un paraíso de serena mediocridad ni una ciudad pacífica, agradable y plácida; es, por el contrario, una ciudad donde las contradicciones generales de la sociedad aparecen en cada esquina, incesantes".

Muy difícil de asimilar para muchos, ya sean admiradores del director alemán o no, esta obra -capaz de alternar sin el menor rubor lo profundo con lo bizarro- contiene algunas de las secuencias más impactantes e inolvidables de su filmografía, como el fantasmal y frustrado encuentro sexual que tiene Elvira a orillas del Main bajo los acordes del adagietto de la Quinta Sinfonía de Mahler, cuando aún no han asomado los primeros rayos del sol y las farolas comienzan a apagarse; la cruda secuencia del matadero en la que, mientras los matarifes sacrifican y despiezan a los animales -en clara consonancia con la tragedia de su cuerpo-, el transexual relata su último episodio amoroso a Zora y acaba recitando el monólogo final del Torcuato Tasso de Goethe; la visita al convento donde pasó su infancia, en la que la monja Gudrun relata sus primeros años de vida (que son los del propio Armin Meier); la justificación que hace un hombre sobre su inminente suicidio ante la mirada impasible de Elvira, o el inquietante encuentro con Anton Saitz, el hombre por el que se cambió de sexo, haciéndola partícipe de la imitación de una escena de una película de Jerry Lewis: "Film excesivo, nacido aparentemente bajo los auspicios de un mélo fúnebre, que termina revelándose como una oscura historia sobre el cuerpo, de un rigor formal y una intensidad narrativa absolutas, contiene algunos de los momentos más delirantes de todo el cine moderno " (Doménec Font).

En un año con trece lunas, obra fundamental de su filmografía, que tiene la particularidad estilística de que cuanto más dolorosas son las vivencias de su protagonista más se recrea el director en la belleza de las secuencias que les corresponden (el crítico Wolfram Schütte concluyó acertadamente su crónica con la siguiente cita de Heinrich Mann: "El esteticismo es producto de tiempos sin esperanza, de estados que matan la esperanza"), se presenta como una película similar y a la vez distinta de todas las que Rainer dirigió, una de sus más grandes y experimentales creaciones, brutal mezcla de melodrama y antimelodrama que surgió, según él, de una necesidad casi existencial. En este sentido, Christian Braad Thomsen afirma que "contiene elementos temáticos y estilísticos de trabajos anteriores, pero los trituró y luego reelaboró de tal forma que dio lugar a un resultado sin precedentes. La narración se rompe en prácticamente cada escena y Fassbinder nunca se toma en serio el clímax melodramático, procediendo de una forma totalmente diferente respecto a lo que hasta entonces había sido su enfoque personal del género. Es como si el director, al contrario que en el melo hollywoodense, se hubiera propuesto como principio llevar a cabo a cabo un considerable grado de compromiso emocional en esta película arremetiendo paradójicamente contra dicho compromiso: no nos permite tomarnos nada de ella en serio porque en la vida real tampoco lo haríamos". Yann Lardeau profundiza al respecto: "Combina constantemente, sin transición y sin que tampoco llame la atención, elementos irreconciliables: oscila entre escenas de un realismo propio de un documental y otras de gran belleza alegórica; unas veces nos introduce en el núcleo del drama de un individuo, otras nos lleva hasta la cima de la ciudad y nos revela los mecanismos secretos de su corrupción; en ocasiones, el marco es muy verosímil, mientras que en otros momentos en los que no lo es en absoluto, el decorado tiene la desnudez de un escenario".

Como conclusión, una apreciación de Ronald Hayman tan evidente como interesante: "La muerte de Elvira parece en su momento un hecho inevitable, pero de todos los rechazos que sufre no hay ninguno que pueda destacarse como el más perjudicial para ella, lo que lleva a pensar que, a cierto nivel, Fassbinder podría haber intentado demostrar que no era el único responsable de la muerte de Armin. Sea como fuere, la película contiene bastante más que un simple intento de negar la propia responsabilidad: contiene mucho del propio Fassbinder, y la forma de presentar el claustrofóbico medio urbano dice más sobre su propia experiencia a este respecto que sobre la de Armin".

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