Rainer Werner Fassbinder


el genio alemán

Juego salvaje (Wildwechsel, 1972)

Dirección y guión: Rainer Werner Fassbinder, según la obra teatral de Franz Xaver Kroetz Fotografía: Dietrich Lohmann (Color, 35 mm, 1.33:1) Montaje: Thea Eymèsz Música: Varios autores Dirección artística: Kurt Raab Producción: Intertel, para SFB Coste: 550000 marcos Duración del rodaje: 14 días (marzo 1972) Duración: 102 minutos Fecha de estreno: 30-12-1972

Intérpretes: Eva Mattes (Hanni), Harry Baer (Franz), Jörg von Liebenfels (Erwin), Ruth Drexel (Hilda), Rudolf Waldemar Brem (Dieter), Hanna Schygulla (doctora), Kurt Raab (jefe), Karl Scheydt y Klaus Löwitsch (policías)...

La acción se sitúa en los años cincuenta, en una pequeña localidad alemana. Hanni, estudiante de catorce años e hija de un inflexible matrimonio católico, es seducida por Franz, joven de diecinueve años que trabaja en un matadero de pollos. Tras ser denunciado, es encarcelado por abuso de menores. A su salida de prisión por buena conducta, se sigue viendo con Hanni a pesar de la fuerte oposición paterna. La chica, que acaba quedándose embarazada, propone a Franz que mate a su padre con el fin de que no se interponga más entre ellos. El crimen lo conduce nuevamente a la cárcel, donde Hanni le visita tras sufrir un aborto y le confiesa que ya no siente nada por él.

Conocida internacionalmente con el desafortunado y sensacionalista título inglés de Jailbait (Carne de presidio), Juego salvaje está basada en una obra del dramaturgo Franz Xaver Kroetz, que había trabajado años antes con Fassbinder en la producción del Antiteater Ingolstadt, por ejemplo. Pero si la intención de Kroetz con su obra fue la de mostrar a "una muchacha que trata de huir de la rigidez católica de la casa paterna para vivir una maravillosa historia de amor", el relato frío, distanciado y seco de Rainer (que respeta casi escrupulosamente el texto original) puso de manifiesto que nada hay maravilloso en él: el asesinato promovido por Hanni no es producto de un idílico amor más fuerte que la vida amenazado sino de la inminente posibilidad de ver frustrada una sexualidad que acaba de emerger.

La adolescente protagonista, más que enamorarse de Franz y como vía de escape respecto a su entorno familiar, parece basar su relación en el placer sexual recién descubierto: en una secuencia, asegura a su madre que lo ama, pero un oportuno espejo pone en entredicho sus palabras duplicando su imagen. Del mismo modo, cuando en cierta ocasión le habla sobre el deseo que tiene su padre de castrarlo, confirma al joven que, de hacerlo, a ella ya no le serviría para nada. Hacia el final, en la prisión, Hanni le confiesa que, en efecto, no hubo amor real entre ellos sino simple atracción física. Sin embargo, la profunda melancolía que transmiten la voz y los ojos de Franz en ese momento revelan que sí la quiso (fue capaz de matar por ella) y aún la quiere (lejos de cuestionar la terrible confesión de la chica, la acepta para no hacerle daño pero seguidamente le pregunta qué nombre le habría puesto al bebé): como si se tratara de otro muñeco que adorna su cama, Hanni utiliza primero a Franz y finalmente se deshace de él. Estos destellos de inmadurez, de inexperiencia, de infantilismo propio de una muchacha de catorce años, jamás son utilizados por Fassbinder con ánimo justificativo o exculpatorio sino para incidir en el ambiguo retrato que desde el comienzo hace de ella.

Xaver Kroetz se mostró bastante disconforme y escandalizado ante la adaptación de su obra por parte de Fassbinder ("Encuentro obscena la denuncia de las personas latente en la película"), especialmente con la inclusión de un par de escenas añadidas (en una de ellas, el padre intenta seducir a su hija; y en la otra, Hanni intenta ligar con un inmigrante mientras Franz está en la cárcel). Kroetz llevó el caso a los tribunales y lo ganó. Además, en su versión cinematográfica no se autorizó lo que sí se vio en el original televisivo: un primer plano del pene semierecto de Harry Baer. La encendida polémica desatada por el dramaturgo, que también criticó la irónica utilización de los motivos y cuadros religiosos como contrapunto a la atmósfera opresiva, intolerante y prejuiciosa del hogar de la familia protagonista, hizo que Rainer se distanciara tanto de ella que acabó incluyéndola años más tarde en una lista de películas que, a su juicio, eran las más repugnantes del Nuevo Cine Alemán.

Sin embargo, y a pesar de que no se encuentra entre sus obras más importantes, esa consideración resulta del todo injusta y desproporcionada: además de ser el único de sus films enmarcado en una historia de amor juvenil, pocas veces su director mostró tan claramente como en esta ocasión hasta qué punto la clase media-baja alemana no había logrado desterrar valores que eran propios del nazismo. Efectivamente, y siguiendo a Christian Braad Thomsen, el padre de Hanni piensa que los nazis hicieron bien muchas cosas y lamenta que Franz no pueda ser condenado a muerte por seducir a su hija ("Ahora no vivimos bajo el régimen", afirma), amenazando en varias ocasiones con tomarse la justicia por su mano. Fassbinder, haciendo gala en todo momento de su proverbial maestría para mantener una actitud crítica hacia los personajes a la vez que intenta comprenderlos, le disculpa en cierto modo haciéndole pronunciar un resignado aforismo: "En mi juventud, nunca fuimos jóvenes; fuimos soldados". Sus valores son transmitidos a la propia Hanni: tras el disparo de Franz, se lanza sobre el cadáver de su padre expresando su alegría y hundiendo sus manos en la sangre. Es ella quien finalmente ha administrado justicia... Y si el padre no parece anhelar aquella juventud que le fue robada, Rainer muestra a la chica en la admirable secuencia final saltando sobre los destellos de luz solar proyectados en el suelo del pasillo de la prisión, poniendo en evidencia la imagen de una infancia truncada donde no se le permitió crecer adecuadamente.

Además de estas y otras muchas virtudes, Fassbinder consiguió en Juego salvaje una adecuada ambientación de los años cincuenta; logró que sus dos actores principales (espléndidos Harry Baer y Eva Mattes) mostraran sus cuerpos desnudos con desinhibida naturalidad y poderosa belleza; utilizó la música de Beethoven como contrapunto a la violencia latente en la historia; y filmó la secuencia del matadero de pollos en que detienen por primera vez a Franz de forma muy similar (un largo travelling lateral) a como lo haría años después en En un año con trece lunas, y casi con idéntico fin premonitorio respecto al personaje.

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