Rainer Werner Fassbinder


el genio alemán

4. Importancia de Fassbinder en la Historia del Cine

Rainer Werner Fassbinder está considerado como el mejor y más importante autor del Nuevo Cine Alemán y una figura imprescindible del cine realizado en el último cuarto del siglo XX, además de constituirse en referencia de peso para la nueva generación de autores que hoy en día, frente a las cortapisas y a la feroz dictadura del cine comercial procedente de USA, aún tiene el valor de dedicarse a contar historias personales. De él ha llegado a decirse que es el último genio del Séptimo Arte. Henri Langlois afirmó que "con Fassbinder nació el cine alemán de posguerra", Jean-Luc Godard que "hizo él solo lo esencial del nuevo cine alemán", y Andrew Sarris que "el solo hecho de haber rodado Berlin Alexanderplatz basta para situarlo en el Panteón, entre los grandes del cine". Sin embargo, todas estas palabras se agotarían en su anécdota si no se aportan las razones que, sin lugar a dudas, las fundamentan. Siguiendo a Domenec Font y Yann Lardeau, he aquí algunas de ellas:

a) Junto a Pier Paolo Pasolini, Rainer es un caso único de heterodoxia dentro del cine moderno: 37 años de vida, menos de quince dedicados a una febril actividad en teatro, cine y televisión caracterizada por un nexo común: una conciencia política reveladora de todos los conformismos sociales. Ambos, Pasolini y Fassbinder, "han necesitado de la muerte violenta -tras el exorcismo confesional de sus respectivos epílogos Saló y Querelle- para que se midiera su trascendental importancia en el cine contemporáneo".

b) En la obra de Fassbinder existe una atípica confluencia difícil de encontrar, a excepción de Luis Buñuel, en otro cineasta: la rigurosa articulación entre tensión sexual, relaciones de poder e identidad social.

c) Siendo el más alemán de todos los realizadores de su generación, Fassbinder se erige como uno de los primeros cineastas modernos que propone el regreso al cine norteamericano de antes de la guerra, dando lugar a "un modelo de modernidad que deja aflorar su propio clasicismo a través de una cierta arqueología mítica". Su cine, como el de otros autores europeos de los sesenta procedentes de la Nouvelle Vague, parte de la condición pragmática del género (cine negro, melodrama) "para exceder sus postulados estéticos y su armonía escénica a través de un gesto propio que desenmascara sus expectativas". Recuperando las referencias del cine americano, sin olvidar los ramalazos expresionistas presentes en sus obras, el cineasta logra que su público pueda reconocerse y conectar mejor con sus obsesiones, con su problemática, con su neurosis.

d) Rainer es uno de los pocos cineastas políticos de la modernidad: Camille Nevers en Cahiers du cinéma veía el "edificio Fassbinder" como una construcción subterránea no sólo por su condición minoritaria sino por tratarse de una obra que ahonda en lo más profundo del inconsciente alemán de la posguerra, en la historia política y económica de la República Federal alemana, en el vacío moral que se introdujo en la sociedad de aquélla, plena de tabúes. Pero lo más importante del discurso fassbinderiano es que el retrato político, económico, moral y sexual que hizo de la Alemania contemporánea es el del mismísimo Occidente del siglo XXI. La obra cinematográfica de Fassbinder, rabiosamente actual, no ha perdido un sólo ápice de su fuerza, de su vigor, de su valentía, de su radicalidad. Al contrario: toda ella viene a llenar el vacío que el cine de hoy, salvo muy pocas excepciones, ha hecho a la realidad que nos rodea. Su universo personal se ha transformado en una representación de la sociedad contemporánea: "Rainer critica la sociedad, expresa su rebelión fuera de los caminos trillados de la lucha de clases, no según el esquema clásico del proletariado contra la burguesía, sino a partir de la marginación, de las minorías, de los rechazados y de los excluidos de la sociedad. Denuncia una sociedad cuya cohesión radica en el rechazo, en el odio exacerbado al Otro, en cuanto éste es distinto por su origen, su conducta o su sexualidad".

e) Como afirma Lardeau (y con él críticos y estudiosos de la talla de Susan Sontag, Andrew Sarris, Thomas Elsaesser, Marion Hansen, Judith Maine o Jonas Mekas, entre otros), "la obra de Fassbinder domina los años setenta, no solo porque recoge el rumbo intelectual y los debates de esta década, los de la generación del sesenta y ocho (desde el izquierdismo hasta el regreso de la cinefilia y su desbordar sobre el mundo), sino también porque es uno de los últimos cineastas occidentales que se enfrenta a la cuestión del nacimiento de un pueblo, como ya hicieron Griffith, Ford, Eisenstein o Rossellini. Ya sea a través de sus frescos de la Alemania de los cincuenta o del retrato que ofrece de las minorías, Fassbinder plantea siempre el mismo tema: el nacimiento de la democracia en Alemania, nacimiento que no es en absoluto un proceso natural, sino el resultado de un traumatismo original (el fascismo y la guerra)", asentado en la peligrosa negación del pasado, base sobre la que Alemania instauró los principios democráticos de su gobierno tras la guerra, propiciando la aceptación dócil del orden dominante en las gentes y la permanente amenaza del retorno al fascismo o a una sociedad totalitaria enmascarada bajo el signo de la Democracia.

f) De nuevo junto a Pier Paolo Pasolini, Rainer Werner Fassbinder "encarna en el cine el último trayecto original, coherente, consecuente y logrado de una visión de la Historia, el último intento de un cine que cuestiona la sociedad".

A modo de conclusión, nos quedamos con las siguientes palabras de Jean-Michel Palmier, profesor de la Universidad de Paris: "Rainer Werner Fassbinder es, sin duda, el único cineasta de su generación que no solamente pertenece a la historia del cine sino a la Historia con mayúsculas. Este hombre, profundamente marcado por su juventud, fue mucho más que un rebelde. Alemania, su pasado y su presente, fue la herida de la que nacieron todas sus películas. Las sufría como si fueran estigmas. Abordemos su obra donde la abordemos, la admiración y el respeto se imponen. Testimonio de una generación educada en el más puro conformismo, generación que sucedió a la era Adenauer y que pocos años después se enfrentaría a la policía en las calles de Berlín, Fassbinder fue, a través de sus películas rodadas para la televisión y el cine, el intérprete de su malestar, de sus angustias, de sus deseos revolucionarios y de sus limitadas esperanzas. Como si presintiera que sus años estaban contados, se dedicó sin descanso a traducir todo este mundo de amor y odio que albergaba en su interior (...) La provocación a la que fácilmente se prestaba era, al igual que para el Brecht de Baal o Sermons, su desespero y su autenticidad. De la fama y del dinero se desentendía. Lo que le afectaba era la vida cotidiana, sus injusticias, con las que no transigía. La amnesia oficial sobre el pasado, la pobreza de unos y la riqueza de otros, la humillación de los más débiles, la violencia, las vidas que se desvanecían en la vacuidad de un amor imposible o un sadismo civilizado, todo ello le exasperaba. Dolido por las imágenes que observaba, creó otro mundo de imágenes. Todas ellas pertenecen a su tiempo, es decir, al nuestro. Este hombre construyó de las pesadillas ajenas sus propios sueños. Se solidarizaba con sus historias. Al igual que un niño, sorprendía por la obscenidad, simplicidad y radicalidad de sus preguntas. Actor, director del Antiteater o autor de obras teatrales, hizo de la cámara un verdadero escarpelo. Las mismas preguntas sin respuesta, la misma angustia se extendía de un filme a otro. Le gustaba mezclar su vida con sus películas, el pasado y el presente, haciendo revivir el mundo de Alexanderplatz de Alfred Doblin, cuestionándose sobre la actitud de sus padres frente al hitlerismo o sobre las reacciones políticas de su propia generación (...) A su desespero e incapacidad para soportar el sufrimiento ajeno le debemos el resurgir del cine alemán. Monumento de la cultura contemporánea, un día interrogaremos las películas de Fassbinder como hoy contemplamos los grabados de George Grosz o como leemos Le tambour de Günter Grass o las novelas de Heinrich Böll. Pero aquello que nos ha legado, en la soledad de su muerte, más allá de su obra, lo más conmovedor, es su amor y su compulsiva necesidad de amar y ser amado. Poco hombres han sabido, a través de su disgusto, su vida disipada y su indignación, ofrecer a los demás ese tímido cariño, casi torpe, al último vestigio de una humanidad imposible."

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