Rainer Werner Fassbinder


el genio alemán

El amor siempre es más frío que la muerte (1)

El amor más frío que la muerte, el amor como pasión, el amor como instrumento de dominación y sumisión, el amor fracasado en una sociedad fracasada es el eje fundamental de la obra fílmica de Rainer Werner Fassbinder, el gran tema, la obsesión a través de la cual exorcizó sus fantasmas interiores, sus angustias, sus preocupaciones.

En Las amargas lágrimas de Petra von Kant, la diseñadora von Kant promete trabajar como modelo a la humilde Karin, se enamora de ella y comienza una relación. Cuando cierto día Karin confiesa a Petra que ha pasado la noche con un negro, estalla la tensión...

KARIN: No llores, Petra. Sí que me gustas, sí que te quiero, pero bueno... estaba claro que alguna vez volvería a acostarme con un hombre. Yo soy así, pero eso no nos afecta. A él sólo lo utilizo. No hay nada más. Pasarlo bien y nada más. Tú siempre hablabas de libertad, siempre decías que no estábamos obligadas a nada. No llores: al final siempre vuelvo a ti.

PETRA: Me duele el corazón como si me hubiesen clavado algo.

KARIN: No tiene por qué dolerte. No hace falta.

PETRA: Tener dolor: quien necesita sin necesitar no necesita nada que necesitar.

KARIN: ¡Ah, Petra! Yo no soy tan lista como tú, ni culta. Eso ya lo sé.

PETRA: Te quiero, eres preciosa. Me duele todo de tanto quererte.

KARIN: No le volveré a ver. Además, ni sé cómo se llama. Me dijo que le iban a trasladar o algo así.

PETRA: ¿De verdad era negro?

KARIN: Sí, ¿por qué?

PETRA: Por nada.

KARIN: Era genial. De verdad, me gustó. No era negro: sólo moreno, y con una cara realmente inteligente. ¿Hay morenos que tienen cara de europeos, no?

PETRA: Si... no sé.

KARIN: Sí que los hay. Este era uno, y contaba cosas muy bonitas de América del Sur.

PETRA: Karin, por favor.

KARIN: ¡Ya paro! Creí que lo habíamos aclarado.

PETRA: No tienes por qué regodearte en ello.

KARIN: Estás bebiendo mucho.

PETRA: ¿Qué otra cosa me queda?

KARIN: No exageres tanto. Eres una histérica.

PETRA: No soy una histérica. Sufro.

KARIN: Bueno, cuando sufres te va bien.

PETRA: Sí, sí... póntelo fácil: cuando alguien sufre le hace bien.

KARIN: Así es.

PETRA: Preferiría ser feliz, Karin, créeme. Preferiría ser feliz. Todo esto me pone enferma. Ah, déjalo.

KARIN: Dí, ¿qué es lo que te pone enferma?

PETRA: Tú... tú me pones enferma porque nunca sé por qué estás conmigo, si es por el dinero, por las oportunidades o porque... porque me quieres.

KARIN: Pues claro, porque te quiero.

PETRA: Ah, para ya.

KARIN: Si no me quieres creer.

PETRA: No es eso, no tiene nada que ver. Por supuesto que creo que me quieres, claro, pero no sé nada... realmente no. Eso me enferma, sólo eso. (Petra coge el periódico y ve una foto de Karin)... ¡Ah, mira!: Petra von Kant con su nueva colección hace una gran aportación a la moda del invierno que viene... y hay una foto tuya.

KARIN: ¡A ver! ¡Enséñamela!... Genial... ¿Esta muy bien, no? Dime.

PETRA: Sí, muy bonita.

KARIN: Bonita, bonita... es algo alucinante. Es la primera foto mía en un periódico. Genial. Te quiero. Ven.

PETRA: Ah, déjame (Karin la besa. Suena el teléfono)... Von Kant... Para ti, de Zurich.

KARIN: ¿De Zurich?

PETRA: ¿A quién conoces en Zurich?

KARIN: Ni idea. ¿Diga? Aquí Karin Thimm. Sí... ¿qué?... ¡Freddy! ¿Estás en Zurich? ¿Cómo es que estás allí? ¿Cuándo? ¿A las tres en Frankfurt? Un momento, que pregunto... (a Petra) ¿Cuándo sale el próximo vuelo para Frankfurt?

PETRA: A las dos y media.

KARIN: A las dos y media sale un avión de Bremen a Frankfurt. Te quiero. Chao... (cuelga el teléfono). Era mi marido, está en Zurich. Freddy está en Europa. Pídeme un vuelo a Frankfurt, por favor (Petra lo hace).

PETRA: Siempre decías que tu marido... siempre decías que ya no había nada.

KARIN: De eso hace tiempo, Petra.

PETRA: Por lo menos podías decir que estabais en contacto.

KARIN: Freddy es mi marido. Le escribí, por supuesto.

PETRA: Decías que os ibais a separar.

KARIN: Yo dije que era probable que nos separásemos. En medio año cambiamos de opinión.

PETRA: ¿Sabes lo que eres?

KARIN: No, pero seguro que me lo vas a decir enseguida.

PETRA: Eres una asquerosa puta... asquerosa.

KARIN: ¿Ah, sí? ¿Eso es lo que crees?

PETRA: Sí, eso es lo que creo. Una asquerosa criaturita. Me dan ganas de vomitar sólo con mirarte.

KARIN: Entonces estarás contenta de que me vaya.

PETRA: Oh, sí, pero te vas demasiado tarde. Me pregunto por qué no lo hiciste hace tiempo.

KARIN: Porque no era tan agotador contigo, querida.

PETRA: Oh, ya, lo comprendo. Eres perversa. ¿Cómo se puede engañar así a una persona cuando ves que está entregada?

KARIN: Yo no te mentí, Petra.

PETRA: Claro que sí: me mentiste. No pusiste las cosas lo suficientemente claras. Eso basta.

KARIN: Yo dije que te quería, y no era mentira. Yo te quiero, pero a mi manera. Tienes que reconocerlo.

PETRA: Al principio había imaginado otra cosa completamente distinta de ti. ¿Cómo puede ser alguien tan cruel? Tu sabías lo que me pasaba, sabías cómo estaba.

KARIN: No es verdad. Durante mucho tiempo no sabía lo que estabas pensando. Al principio hacías como si fuese un pasatiempo (Petra no deja de beber).

PETRA (abraza a Karin, arrodillándose): No puedo dejar de quererte. No lo puedo remediar. Yo te necesito, Karin, te necesito muchísimo. Quiero hacer todo por ti, quiero vivir sólo para ti, Karin... sólo te tengo a ti. Estoy, estoy tan sola sin ti. Tan sola, Karin.

KARIN: ¿Sola... sin una puta?

PETRA: Por favor, perdóname. Comprende lo que me esta pasando. No seas tan cruel.

KARIN: Suéltame, tengo que irme.

PETRA: Oh, maldita cerda asquerosa (le escupe a Karin en la cara).

KARIN: Esto me lo vas a pagar. No lo olvidaré.

PETRA: Oh, Karin, verás... yo no sé ni lo que hago, entiéndelo.

KARIN: Dame dinero... para el avión y para Frankfurt. Freddy nunca tiene.

PETRA: Exacto. Para eso sí sirvo... para pagar. Dios mío... Vale... ¿Cuánto? ¡Dilo!

KARIN: 500

PETRA: Toma 1000... para que os permitáis alguna cosa.

KARIN: Solo necesito 500, de verdad.

PETRA: Coge los mil. Total... ya da lo mismo. Marlene, llévala al aeropuerto. Estoy borracha... ¿De verdad te vas?

KARIN: Sí... (se acerca a ella). Chao.

La ausencia de Karin hace que Petra se entregue a la bebida y espere inútilmente, arrodillada junto al teléfono, una llamada suya...

PETRA: Te odio, te odio, te odio, te odio. Si al menos me muriese, sencillamente irme. Este dolor no lo soporto, no puedo más. Oh, Dios mío, esa cerda asquerosa, esa cerda inmunda y asquerosa. Ya verás... un día voy a acabar contigo, a acabar... Vas a arrastrarte ante mí, putita... vas a besarme los pies. Oh, de veras estoy hecha mierda. ¿Qué he hecho yo para merecer esto? ¿Qué he hecho?... Te quiero, no seas tan cruel, Karin. Oh, mierda, ¿por qué te necesito tanto? Por lo menos llama, por lo menos llama... quiero oír tu voz al menos, no te cuesta nada llamar, simplemente llamar, ¿por qué no llamas?... Pero esa cerda no tiene intención. Está todo calculado, todo calculado. Me deja esperando... Todo es tan sucio... sencillamente una pequeña zorra asquerosa. Te quiero, te amo locamente... si supieses cómo duele. Espero que algún día te pase lo mismo: espero que tú también te hundas así. Ya verás qué diferente es. Mira que eres tonta: lo nuestro podía haber sido tan bonito. Pero algún día te darás cuenta y entonces ya será tarde, muy tarde.

"Las amargas lágrimas de Petra von Kant" (1972)

En La ley del más fuerte, Fassbinder expone dolorosamente cómo las relaciones humanas funcionan según las leyes de la economía de mercado: Franz Biberkopf, un humilde homosexual que trabaja en una atracción de ferias, gana medio millón de marcos jugando a la lotería y decide adentrarse en mejores círculos sociales. Conoce a Eugen, hijo de un empresario en bancarrota que procurará sacar el máximo partido de la relación con Franz. El siguiente y original diálogo se produce cuando acaban de conocerse: la antipatía inicial que parecen tenerse se torna en afecto a medida que intercambian insultos en el coche de Eugen...

EUGEN: Usted me resulta abominable.

FRANZ: ¿Ah sí?

EUGEN: Sí... en serio... ¿Y usted se lava de vez en cuando?

FRANZ: Unos se lavan y otros son limpios.

EUGEN: Y otros apestan aunque estén limpios.

FRANZ: Eso no está mal, porque también hay otros que se excitan cuando olfatean algo, ¿verdad?

EUGEN: A mí no me mire.

FRANZ: Sí, sí, ya sé. A usted le encanta Brut for Men o algo por el estilo (mal pronunciado).

EUGEN (le corrige): Brut, querido, Brut.

FRANZ: Tenga cuidado... con tanta inteligencia puede mearse en los pantalones.

EUGEN: Si no quiere seguir en el coche...

FRANZ: No. Estoy esperando a sentirme bien en su presencia, estimada señora.

EUGEN: ¿Se ha liado con el tío Max?

FRANZ: Sin esfuerzo no hay dinero, querida.

EUGEN: Ya, ya se verá quién es ella de nosotros dos.

FRANZ: ¿Tiene en casa un álbum de fotos o un acuario de pececillos?

EUGEN: No, una colección de sellos.

Una vez en casa...

FRANZ: Me lo imaginaba así.

EUGEN: ¿Qué?

FRANZ: Tu piso, tesoro.

EUGEN: ¿Desde cuándo nos tuteamos?

FRANZ: Desde que me ha apetecido. ¿Dónde está el dormitorio?

EUGEN: ¿Por qué?

FRANZ: Porque quiero ver el colchón.

EUGEN: Ahí...

FRANZ: ¡Ah! (se echa de golpe, vestido y con los zapatos puestos).

EUGEN (le recrimina): ¡Por favor! Los zapatos ensucian la colcha.

FRANZ: ¡Oh, perdón! No me había dado cuenta.

EUGEN: De verdad, es sólo por lo de la limpieza...

FRANZ: Ya... ¿Roncas?

EUGEN: ¿Cómo?

FRANZ: No te extrañes. Me han dicho que eso ocurre en las mejores familias. ¿Has echado raíces?

EUGEN: ¿Por qué?

FRANZ: Porque no te sientas... Por cierto, si huele mal soy yo. Me he quitado los zapatos... Es que son nuevos. Me están algo pequeños y me aprietan bastante.

EUGEN: ¿Y no te aprietan los pantalones?

FRANZ: Para ser sinceros... (se desnuda y se queda en calzoncillos, desperdigando la ropa por el salón).

EUGEN: ¿Acostumbras a tirar tus cosas por ahí?

FRANZ: Normalmente sí. Hay gente que ordena el armario y otros que ordenan la cabeza. Yo soy de estos últimos.

EUGEN: ¿No me digas?

FRANZ: ¿Me lavo o prefieres hacerlo al natural? ¡Salud! (se toma una copa)... (mira una foto) ¿Quién es ese?

EUGEN: Mi padre.

FRANZ: Me gusta... o podría llegar a gustarme.

EUGEN: ¿Papá?

FRANZ: ¿Qué papá?... Para mí no es ningún papá, idiota. Para mí es simplemente un hombre.

EUGEN: Puedo presentártelo, aunque no creo que...

FRANZ: Tonterías, cualquiera se presta. ¡Al diablo!... (se echa en la cama) Tu cama es demasiado blanda, tesoro... (se impacienta porque Eugen no se mete en la cama) ¿Qué pasa? ¿Pretendes torturarme?

EUGEN: Voy a ordenar tus cosas.

FRANZ: Qué tía más pesada. ¿Conoces la historia de aquel hombre de California al que se le averió el coche en plena autopista y él venga a hacer señas pero no se paraba ningún coche y nueve horas después, desesperado, se pegó un tiro?... ¡Venga, ven de una vez!

Tras educar a Franz para que se comporte como corresponde a las gentes de clase social media-alta y haberlo utilizado para sacar a flote la empresa de su padre, comprar un coche y un piso e irse de vacaciones a Marrakech, Eugen se distancia de Fox y éste decide poner fin a la relación...

FRANZ: No puedo más, Eugen. Quiero separarme de ti. Se acabó.

EUGEN: ¡Ah, muy interesante!

FRANZ: Sí, para ti es muy fácil bromear, pero para mí no resulta tan gracioso. Me he esforzado tanto para hacerlo todo bien, para que no te avergonzaras... Siempre me he esforzado, pero no es mi mundo. Lo siento mucho.

EUGEN: Pero siempre te has sentido bien, ¿no es cierto?

FRANZ: Sí, sí, sí... al principio me gustaba, me impresionaste, y yo pensaba que te quería, pero te avergonzabas de mí.

EUGEN: Por favor...

FRANZ: Y tus amigos me despreciaban. Reconócelo.

EUGEN: Los otros pueden pensar lo que quieran. Sólo depende de nosotros.

FRANZ: Sí... depende de nosotros, pero también en eso es distinto. Tú has cambiado. A veces pienso que ya no quieres saber nada de mí.

EUGEN: Sabes de sobra que las relaciones están sujetas a las circunstancias: vida cotidiana, trabajo, costumbres... pero si crees que debemos separarnos, pues entonces... el deseo hace la felicidad. Nos quedan por aclarar algunos puntos concretos, por ejemplo, el piso: me lo quedaré yo.

FRANZ: ¡Quédate con todo, con todo, con todo! Sólo quiero volver a ser el que era. Quiero volver a ser como soy, simplemente como soy.

"La ley del más fuerte" (1974)

En El matrimonio de Maria Braun, Maria no se resigna a la idea de que su marido haya podido morir en el frente. Mientras tanto, decide salir adelante trabajando en un local para soldados norteamericanos. Su compañera Vevi intenta hacerle romper el sentimiento de dependencia que le une a su marido ausente...

VEVI: Si te interesa mi opinión...

MARIA: No me interesa tu opinión.

VEVI: Tú estás aquí y él no está aquí... tu Hermann... Por lo menos está en otro sitio... posiblemente esté ya muerto... y el amor es sólo un sentimiento, no es una verdad.

MARIA: Claro que el amor es un sentimiento, y un gran amor es un gran sentimiento y una gran verdad.

VEVI: ¿La verdad?... La verdad está en el estómago cuando uno tiene hambre... Sentimientos... Los sentimientos se tienen entre las piernas: es como cuando te pica y te rascas, y para eso hay que tener el estómago lleno y alguien que esté a tu lado... no en otra parte: él no está en ninguna parte.

Posteriormente, su marido Hermann aparece cuando ella está en la cama con su amante negro, al que matará María como poseída de un botellazo en la cabeza. Hermann se declara culpable del asesinato y es encarcelado. Mientras aguarda el momento de su puesta en libertad, comienza entonces -por y para su marido- una ascendente carrera social trabajando para el empresario textil Oswald, del que se hace amante. Así es como se lo comunica en la prisión...

MARIA (refiriéndose al funcionario de la prisión): ¿Por qué no va a escuchar que me he acostado con otro hombre? También escucha cuando te digo que te quiero.

HERMANN: No es lo mismo.

MARIA: Precisamente, puesto que no es lo mismo lo escucha tranquilamente. Y puesto que no es lo mismo, debes saberlo tú. Si fuera lo mismo, yo no estaría aquí.

HERMANN: ¿Es atractivo?

MARIA: Es atractivo, es amable y es incapaz de ofenderme. También debes saber que fui yo quien quiso acostarse con él. No tuve que esforzarme para ello... Como se trata de mi jefe y por lo tanto dependo de él, quería adelantarme para ser independiente al menos en ese terreno.

HERMANN: ¿Así van las cosas ahora entre las personas? ¿Tan frías?

MARIA: Yo no sé cómo les irá a los demás... Es una mala época para los sentimientos, me parece. Pero yo lo prefiero así, porque así nada me afecta de verdad, Hermann.

Continuar