Rainer Werner Fassbinder


el genio alemán

VI. Caótica aventura en el Far West almeriense

"Dije: ¡Nos vamos a Almería! Y así lo hicimos"

Peter Berling

1970. La historia de la realización de Whity es, como decía Rainer, mucho más interesante que la película en sí: “Lo importante era que por primera vez el grupo podía echar una mirada sobre sí mismo fuera de su ambiente habitual... Muchas relaciones aparentemente sólidas resultaron ser inexistentes o muy distintas de lo que parecían”. El remoto paraje donde se filmó la película, el poblado del Oeste situado en Almería, fue el crisol donde la composición del grupo sufrió una alteración irreversible y significó el principio del fin del Antiteatro. El delirante argumento de la película, situado en el sur de EEUU hacia la segunda mitad del siglo XIX, era el siguiente: El poderoso y rico hacendado Ben Nicholson (Ron Randell) vive con su esposa ninfómana Kathleen (Katrin Schaake) y sus dos hijos, el homosexual Frank (Ulli Lommel) y el enfermo mental albino Davy (Harry Baer), en un sombrío caserón. La decadente familia (donde cada uno desea la muerte de los restantes miembros) se completa con el mestizo Whity (Kaufmann), hijo ilegítimo de Ben que desempeña las funciones de mayordomo, confidente y cabeza de turco. Whity depone su actitud sumisa cuando una joven prostituta (Hanna Schygulla) se enamora de él y le hace tomar conciencia de su situación. Tras matarlos a todos, huye con ella en dirección al desierto y mueren de sed. Los anales del Nuevo Cine Alemán están repletos de las distintas versiones sobre el rodaje de la película. Peter Berling, productor de la película y destinatario de la dedicatoria del director, escribió una memoria en la que recogía cómo pudo sobrevivir a la filmación:

(...) Ulli Lommel y yo volamos a Madrid para reunirnos con el coproductor español. A la mañana siguiente lo interrogué hasta descubrir que era un estafador. ¿Abandonaríamos el proyecto? No, dije: ¡Nos vamos a Almería! Y así lo hicimos.

Una vez allí, nos alojamos en el hotel Los Angeles, que se encontraba sobre la ruta del aeropuerto (...) Logré reducir los precios del hotel a nivel de un albergue juvenil y puesto que nuestro capital era exclusivamente la tarjeta Dinners Club de Ulli Lommel, convencí al propietario del Los Angeles para que se hiciera socio. En cinco días organizamos todo. Alquilamos por poco dinero un pueblo que había sobrado de un espagueti-western, encontramos caballos, extras y un astro de cine norteamericano de segunda, Ron Randell. Por último, cuando Ulli descubrió un proveedor de película virgen que aceptaba la tarjeta Dinners dimos luz verde a Munich y el Antiteatro entero cruzó Europa: Rainer y Günther en el 230SL del maestro, los demás sobre ruedas menos lujosas. Hanna Schygulla tomó un avión.

Fassbinder y Peter Berling en "Whity" (1970)

Nada más llegar, Rainer anunció que no tenía la menor intención de filmar, que se iría... y efectivamente se alejó refunfuñando, pero Harry Baer dijo que el problema era que no le gustaba su cuarto, que le encantaba la idea de filmar un western y no había de qué preocuparse. Yo había decidido que no permitiría que Fassbinder me sacara de las casillas. Sus pedidos más caprichosos e inesperados los tomaría con ecuanimidad. Enfrentaría todas las dificultades, limaría las asperezas y ningún deseo del director quedaría insatisfecho. Pero la tensión, lejos de desaparecer, aumentaba con frecuencia creciente. El primer día de rodaje, Fassbinder pidió diez cuba libres: se bebió nueve y arrojó el décimo a la cara del director de fotografía, el principiante Michael Ballhaus. Yo seguía adelante de acuerdo con el plan de rodaje. Fassbinder también. Al tercer día se produjo la explosión: era una escena con mucha gente y la acción se producía delante de la taberna. Sentado sobre los escalones bajo el sol, yo observaba los preparativos y asentía para indicar mi aprobación. Los extras, dirigidos por Baer y vestidos por Raab, paseaban lentamente por la plaza. Pasaban las carretas. El sheriff se balanceaba en su hamaca. Los caballos se encabritaban. Pollos y cerdos corrían por todas partes. Fassbinder no aparecía. Harry me trajo la noticia: Rainer cambia de opinión, se niega a filmar y quiere irse. Elevé la voz: “Dile que está cagado en los pantalones porque hay más de tres personas en la escena”. Indignado pero encantado de llevar el cuento de la insubordinación, Harry corrió a ver a Rainer. Me senté en la galería sin saber qué sucedería cuando apareció Fassbinder furioso: “¡Te voy a romper esa jeta de mierda!”, vociferó y cargó como un toro furioso. No tuve tiempo de pararme, pero alcé un pie, lo encajé entre sus piernas y lo envié de cabeza al suelo. Se paró y cargó otra vez, pero yo me había quedado inmóvil y lo recibí con un panzazo, seguido de un golpe de kárate en la nuca. Voló sobre los escalones y atacó por tercera vez. Yo me sentía muy seguro de mí y lo dejé venir, pero me arrojó los brazos al cuello y susurró: “¡Te amo! ¡Ahora sé que podré terminar esta película!”. Bajó la voz y me dijo: “Ulli no tiene un marco, ¡sólo su tarjeta de crédito!”. Sentí una mezcla de emoción y fastidio: emoción por los sentimientos expresados por Rainer, fastidio porque él se había dado cuenta de que no había dinero y yo sin saberlo.

Como director de producción obligué al productor Ulli a poner las cartas sobre la mesa y me enteré en primer término que la Dinners ya no existía, porque el Club lo había expulsado. Seguimos adelante con el plan de filmación mientras buscábamos nuevas fuentes de financiación. La escenificación de la película le daba a Rainer sobradas oportunidades para dar rienda suelta a su ira implacable, sobre todo contra Ulli. Uno de los personajes era una ninfómana que sentía placer azotando a su hijastro. Katrin, esposa de Lommel en la vida real, hacía el papel de la sado-ninfómana y el propio Ulli era su hijastro. En una escena en que debía azotarlo, Rainer se sintió muy complacido porque sabía que ella lo haría muy gustosa al enterarse de que tenía sobradas razones para sospechar que Ulli le era infiel con otra. Así fue: marido y mujer terminaron en el suelo pegándose, llorando y clamando piedad. Hanna Schygulla cayó también en desgracia, pero la castigó con guantes de seda. Como protagonista femenina, interpretaba el papel de una esclava que atendía tanto el bar como las fantasías sexuales de un gran terrateniente, Ron Randell. Cuando ella empezó a hacerlas realidad fuera de las horas de trabajo, Rainer -que la consideraba una creación suya, una inmaculada concepción- se puso frenético. La vistió con la ropa más rameril que su mente podía concebir y convirtió su papel en el de una prostituta que canta para ganarse la cena.

(...) Aquel rodaje estuvo lleno de anécdotas surrealistas. El ejemplo que acude a mi memoria ahora mismo parece divertido, pero en ese momento hizo hervir la sangre de muchos, en especial la mía. En una de las escenas nocturnas, que requería preparativos costosos y minuciosos, Whity debe trepar por una cuerda hasta el cuarto de Hanna situado en la planta superior de la taberna. Günther había ensayado la escena una vez, pero no del todo. Ahorraba el escaso coraje que poseía para la filmación, en la cual debía trepar hasta arriba, alzarse sobre una baranda, dirigirse a una puerta y entrar. Fin de la toma. Todo estaba listo. Rainer dio la señal de acción. Gunther tomó la cuerda, trepó y saltó con elegancia sobre la baranda hacia la puerta, pero se puso a forcejear con el picaporte porque la puerta no se abría. Rainer tuvo un ataque, gritó a Kurt, que también cumplía la función de utilero. Kurt dijo que el problema no era del picaporte sino de la puerta, que estaba pintada en la pared. Rainer tuvo otro ataque. Sugerí que, para ahorrar tiempo y dinero, se podía filmar la escena en un cuarto contiguo que tenía una puerta de verdad. Rainer dijo que la puerta estaba donde él la quería y pidió un carpintero. Tuve un ataque, me alejé... pero Rainer dijo que si daba un paso más él renunciaba. Kurt le trajo una bandeja con cuba libres y mientras el carpintero serruchaba una puerta de verdad en la pared, Rainer bebía, yo refunfuñaba y Günther permanecía indiferente.

Llegó la hora de sufrir mi castigo. Rainer, que era un genio justamente porque tenía mil ojos, había advertido que existía algo más que una relación laboral entre mi secretaria y yo. Barbara era la hermosa y joven viuda de un corredor de Fórmula Uno. Tenía un cuarto junto al mío, pero yo sospechaba que ese terreno no era exclusivamente mío. Yo fingía no sentir celos según la moda de la época, pero protestaba demasiado y creo que Rainer lo advirtió. Sea como fuere, una noche sonó el teléfono de mi cuarto. Era Barbara: “Aquí estoy con Rainer”, dijo, “estamos en la cama, desnudos y haciendo el amor”. Fassbinder tomó el auricular. “¿Te sientes herido?”. Claro que me sentía herido, pero fingí sentirme más de lo que estaba o creía estar, y eso le bastó para sus propósitos. La echó de su cuarto. Comprendí o imaginé que había usado a Barbara para sacrificarla en el altar de mi auto de fe. Podía arrojarlo en el suelo de un panzazo, pero la fuerza estaba de su parte (...)

Cierto día se acabó el dinero de la producción. Los salarios estaban congelados. Éramos prisioneros del hotel Los Angeles, el único lugar en demasiados kilómetros a la redonda donde teníamos techo y comida, y sólo porque el propietario estaba tan endeudado que no podía echarnos. Ahora Rainer era el único que no amenazaba con renunciar. Ulli llamaba a Alemania, vendía porcentajes de los derechos de la película a cambio de fondos que nunca llegaban. Un día Rainer se enteró de que una película suya anterior había ganado un premio estatal en metálico, pero cuando su fiel Irm Hermann llegó desde Munich resultó que el premio se pagaba en cuotas tan pequeñas y espaciadas que no servían para nada. Rainer dio rienda suelta a su furia, no contra el Estado sino contra Irm. La abofeteó delante de todos: “¡Mi dinero! Todos me traicionan. ¡Me chupan la sangre!”. Irm estalló en llanto: “Prometiste que te casarías conmigo. ¿Por qué no te casas conmigo?”, dijo increíblemente. Tenía un papel en la película, pero Rainer la expulsó del set y la envió de vuelta a Munich.

La situación se volvió desesperante cuando quedaba poca película virgen. El operador de cámara y yo lo sabíamos, y se lo ocultamos a Rainer. Al principio estaba asombrado y algo mosqueado porque el operador, Ballhaus, no se quejaba cuando hacía una sola toma. Normalmente el fotógrafo exige por lo menos una segunda toma para estar seguro. Un buen día, el asistente de Ballhaus entró en la oficina de producción y anunció que no teníamos película virgen para el día siguiente. Miré a Ulli y él a mí, pero mi asistente dijo que tal vez había una solución. Lo miramos como a nuestro salvador. Carraspeó y se ruborizó y entonces comprendí y salí, por su bien pero más aún por el mío. La verdad era que mi adorada Barbara tenía relaciones con uno de los fotógrafos de una producción norteamericana que filmaba una película con Jack Palance. Tenían dinero de sobra, se alojaban en el Aguadulce, un hotel de lujo, y el amante de Barbara tenía la llave del lugar donde guardaban la película virgen. Rainer había expresado el deseo de conocer a Palance, a quien admiraba por su actuación en Pánico en las calles y Shane, de modo que una noche fuimos en grupo al Aguadulce. Rainer se sentía molesto y tal vez avergonzado por llevar un séquito tan numeroso, pero no estaba al tanto del problema. Fuimos en varios automóviles con nuestras chicas más bonitas y entre ellas desde luego mi peripatética Barbara. El gran encuentro de Palance con Fassbinder se produjo en el vestíbulo desierto del hotel, mientras las chicas desaparecieron para irse a beber al bar. Barbara aprovechó para quedar con su amante y conseguir las películas vírgenes. Palance parecía recién salido del escaparate de una sastrería de Beverly Hills y además solitario y ebrio. Nos sentamos bajo una luz mortecina. La ropa de cuero de Rainer hacía juego con el tapizado de los sillones. Recuerdo muy bien el diálogo, pero más aún las interminables y exasperantes pausas entre frase y frase debido a su gran timidez. Fue más o menos así:

PALANCE: ¿Viene de Alemania?

FASSBINDER: Sí, de Baviera. (Un largo silencio)

PALANCE: ¿Este u Oeste? (Más silencio)

FASSBINDER: Oeste, pero más cerca del Este... (Un largo silencio)... ¿Su familia procede de Rusia?

PALANCE: No de Kiev... ¿Una copa?

FASSBINDER: ¿Vodka?

PALANCE: Whisky. (Otro silencio ensordecedor)

FASBINDER: Me gusta el cuba libre.

PALANCE: ¿Qué es eso?

FASSBINDER: Fidel Castro.

PALANCE: ¡Comunista de mierda!

FASSBINDER: No, ron con coca cola.

PALANCE: ¿Bebe esa mierda? (Más silencio)

FASSBINDER: Sí, mucho.

PALANCE: Si no hay mucho whisky, yo bebo vodka en cantidades. (Silencio)

FASSBINDER: Ajá.

Esta conversación duró una hora. Lo sé porque entonces aparecieron las chicas y habían bebido bastante. Nos juntamos y se despidieron.

FASSBINDER: Fue un placer conocerlo, señor Palance. Pocas veces volvería a pronunciar una frase tan larga en inglés.

PALANCE: Igualmente. ¿A qué se dedica?

FASSBINDER: Hago películas.

PALANCE: Ah, comprendo. Bueno, que se divierta.

Volvimos al hotel, enviamos a Rainer a la cama con su Günther y entonces abrimos los baúles de los automóviles. Todos estaban llenos hasta el tope de hermosas latas de película Kodak en 35mm. ¡Un gran día!

Fassbinder se divierte en un Saloon del Far West

El plazo de filmación era de veinte días, la tercera parte de lo que debería haber sido, pero eso era un aspecto del fenómeno Fassbinder y tanto él como yo estábamos empeñados en respetar los plazos. Sin embargo, en la última semana se sintieron los efectos de las grandes presiones. Filmábamos catorce, quince, a veces hasta dieciocho horas diarias y volvíamos al hotel a las tres o las cuatro de la mañana, demasiado excitados como para dormir. Habíamos instalado un equipo estéreo en el vestíbulo y lo encendíamos a esa hora a todo volumen. El dueño del hotel se estaba volviendo loco. Bajaba en pijama para tratar de imponer la ley seca nocturna, sacaba los fusibles eléctricos, echaba la llave a la bodega y amenazaba con llamar a la policía. Más de una vez forzamos la puerta de la bodega. Al final, pasaba las noches temblando detrás del mostrador, sirviendo cuba libres y presenciando orgías alcohólicas cada vez más desenfrenadas.

Éramos los únicos clientes del hotel: los demás habían partido mucho antes y los pocos turistas confiados que pedían cuartos, partían invariablemente a la mañana siguiente profiriendo maldiciones en voz baja o muchas veces alta. El propietario, atemorizado, había dejado de presentar quejas a la policía, pero ésta aparecía con frecuencia creciente para ver qué tal iba todo. Por su parte, Rainer había echado a la traductora-intérprete española y ella, en venganza, había acudido a las autoridades con relatos fantasiosos o no tan fantasiosos sobre la vida sexual anticonvencional del equipo y sus borracheras. Por otra parte, Günther había introducido la trompa de su Lamborghini en el escaparate de una tienda, y aunque nos pusimos de acuerdo con el propietario, no pudimos pagar la suma acordada y también él acudió a la policía.

Las cosas iban empeorando. Los extras españoles se quejaban de sus salarios escandalosamente bajos con toda razón. Incluso llegaron a sucederse algunas escenas de violencia física en la terraza del Los Angeles: Borracho y sostenido por Günther, Rainer propinó a la secretaria de producción un par de soberbios puntapiés en la espinilla cuando aquélla fue a consultarle un asunto. En ese momento, dos altos y corpulentos especialistas que estaban presentes arrastraron a Rainer hasta el centro de la terraza y le dieron una gran paliza sin él oponer resistencia. Todos nosotros nos quedamos observando la escena sin mover un dedo para ayudarle. Entonces se levantó sin decir una palabra y nunca más volvió a referirse al incidente. También hubo brotes de violencia psíquica, esa que provoca llantos y corazones rotos. Cierto día entré en el establo donde estaban rodando y Harry Baer se abalanzó sobre mí sin motivo aparente con un tridente, gritando “¡Te voy a matar, te lo voy a clavar en la panza!”. Le pregunté cuál era el problema, porque estaba seguro que se trataba de algún malentendido monstruoso. Entonces me dijo lloriqueante que había echado a Juan Carlos, un electricista español. Yo no recordaba su cara, pero sí que había despedido a un técnico español supernumerario para ahorrar dinero. "¿Qué debo hacer?”, pregunté a Rainer. “Tráelo de vuelta”, me contestó. Entonces comprendí que Harry le tiraba los tejos y tuve que traerlo de vuelta. A la vez fui dándome cuenta de por qué durante aquel rodaje había tantos y tan bruscos cambios de estados de ánimo: todo dependía, aparentemente, de si Günther había pasado la noche en su cuarto o en el de Rainer. Cada vez que Günther lo rechazaba, todos estaban deprimidos porque conocían las furias de Rainer. Kurt Raab, por ejemplo, bebía hasta desmayarse. Si Günther estaba dispuesto, todos se mostraban felices, incluso eufóricos, pero si no cumplía su promesa Rainer amenazaba con suicidarse... Incluso se llevó a Raab en su Mercedes y se lanzó a un cruce de autopistas con los ojos cerrados, afirmando que si hubiera pasado un coche en ese momento habría muerto igual que James Dean. Precisamente, Raab llegó a decir que “la vida allí era horrible gracias a Fassbinder, siempre borracho, insoportable, demente y rabioso. Cuando se peleaba con Günther, nos provocaba a todos. Su estado de ánimo era tan bueno o malo como el estado de su relación con Günther en cada momento dado, y tanto el elenco como el equipo técnico lo detestaban”.

Cuando hacia el final de la película Hanna y Günther se van bailando hacia un metafórico sol poniente en medio del desierto, el rodaje de Whity concluyó dentro del plazo de manera casi ortodoxa, aunque tuvo secuelas duraderas. Algunos volvieron a Munich. Rainer y Günther chocaron con el Mercedes en Alicante. Harry se fue con Juan Carlos a Madrid. Ulli y su esposa Katrin permanecieron como rehenes en el Los Angeles hasta pagar todas las cuentas: su empresa productora quebró”.

Hasta aquí el relato de Berling. La película se estrenó en el Festival de Berlín el dos de julio de 1971. El fiasco fue total. El público no paraba de interrumpir la proyección con gritos, risas y comentarios. Después no tuvo distribución alguna: hasta que se creó la Fundación Fassbinder en 1986, sólo existió una copia en la Berliner Synchron GmbH. En el año 2001, fue editada en DVD. Anteriormente fue exhibida en contadas retrospectivas y homenajes. Finalmente, en cuanto a las pretensiones de Rainer de ganarse a Günther llevándoselo a Almería podemos afirmar que dieron al traste: solo cuando no le quedaba más remedio aceptaba los requerimientos de Fassbinder. A su vuelta a Munich, el director alemán entró en una profunda fase depresiva...

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